Tenía como
ocho años cuando esa palabra comenzó a tener sentido y valor. La existencia de
un cosmo, de la infinidad de las estrellas, del brillo candente que enloquece
al mundo. Tenía ocho años y poco sabía de la vida. Dimensionaba cuatro paredes
y recorría siempre las mismas calles, jugaba con amigos pasajeros divirtiéndome
de la manera más simple. Tenía ocho años cuando salí del país por primera vez.
Todos hablaban un idioma desconocido para mí llamado “Inglés” y entonces mi
mente extrañada escuchaba palabras complejas sin sentido para mí. Hacía calor y
de pronto se ponía a llover, había un parque enorme lleno de juegos mil veces
mejores que los que hay en mi ciudad, era el sueño de todo niño hecho realidad.
Las enormes manos de mi padre abrazaban mi diminuto cuerpo y comprendía que era
su manera de amar. Y ese escenario mezclado de fantasía y verdad la gente decía
llamarlo el lugar universal; donde las personas con diferentes colores de
cabello, de matices, diversidades de acentos se acercaban a mí y apretaban mis
mejillas juveniles, desbordaban mi esquema. Tenía como ocho años y creía que
durarían para siempre, y fue cuando supe que el amor también es universal.
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